Escrito por:
Hoy desperté con una curiosa sensación en el cuerpo, no sé si era el frío o ese estado de somnolencia que uno tiene cuando, sinceramente, no quiere moverse a pesar de los llamados de los padres o hermanos diciéndote "tienes que ir a trabajar, levántate".
Creo, aún no sé porqué que me desperté con una sensación un tanto arguediana acerca de mi vida. Me sentí como una waqcha, una huérfana que no encuentra su lugar, a pesar de que lo tiene frente a sus ojos. Así que hoy, en lugar de contarles un libro específico, quisiera contarles sobre José María Arguedas, un escritor, que si bien no conocí personalmente, conocí íntimamente a través de sus libros.
En realidad, no sé si leí "Todas las sangres"o "Los ríos profundos" primero, solo sé que sin importar el contenido, lo que más llamaba mi atención era la soledad de los protagonistas. Esa soledad que todos hemos sentido en algún momento, pero que no sabemos transmitir, él lo hacía a la perfección.
Sin embargo, en ningún momento me atreví a pensar que él sintiese lo mismo; como escritora novel he aprendido a que no necesariamente te sientes como escribes, sino que es el momento el que te transmite, a veces, ciertas sensaciones que te quedan en la cabeza y tus manos... bueno, tus manos se dedican a ir escribiendo (o tipeando) poco a poco lo que vas pensando, claro que luego viene el proceso de corregir, arreglar, editar y demás, que es lo más complicado de todo. Pero volviendo a mi querido José María, lo peculiar de este hombre con el alma aún de ese pequeño niño que vivía en nuestras serranías, era que sin importar cuánto quería rendirse ante esa soledad, no lo hacía, por eso es que me impresionó saber que, un día, en la Universidad Agraria se le dio por rendirse ante un arma que le causó un gran daño que lo tuvo luchando, sin querer, por cinco días.
Hoy, quiero recordar un fragmento de la carta que le escribió a su esposa un día antes de consumar el destino que escribió para sí mismo; pues cada uno escribe su destino, eso jamás lo duden:
¡Perdóname! Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos, y desde el 62, Lola, de Santiago. Y antes también padecí mucho con los insomnios y decaimientos. Pero ahora, en estos meses últimos, tú lo sabes, ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago.
Hoy en la mañana, desperté con esa sensación, creo que lo acabo de descubrir luego de leer el párrafo anterior. No quiero llegar a ese punto en el que me sienta tan impotente por no contribuir con el mundo, conmigo misma, con mis amigos. Hoy quiero seguir mi día pensando en que hago algo por el mundo, por los demás, por mí misma. Hoy me he dado cuenta de cuál es el legado de José María, además de su vasta obra literaria y de su exquisito amor por la cultura, él nos sigue enseñando que no debemos rendirnos, que lo único que nos detiene es uno mismo y que, si en algún momento te sientes como él, nadie podrá levantarte si tú estás predispuesto al fracaso.
Así que a partir de hoy los invito a seguir este legado no waqcha, no estamos solos, podemos sentirnos así, pero jamás estamos solos, es cosa de que vean a su alrededor, siempre hay un motivo para seguir luchando.
Gracias, Argueditas, ahora entiendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario